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Qué te cuentas para sentir miedo


“Emancipaos de la esclavitud mental,

nadie más que nosotros puede liberar nuestras mentes”

Redemption song - Bob Marley -


Escuchar a mi mentor de marketing, Nacho Muñoz, decir la frase “detrás del miedo no hay nada, es una ilusión”, me ha inspirado a observar que se escribe y se habla mucho sobre el miedo, lo que haríamos si no tuviéramos miedo y lo malo y negativo que es vivir con miedo.


Durante muchos años yo quería vivir sin miedo y me preguntaba qué haría si el miedo no me lo impidiese, sin embargo, gracias al Mindfulness, entendí que el miedo es una emoción orgánica, como cualquier otra. Tiene su utilidad y hace su función como el resto de las emociones y las partes de nuestro organismo.

Es decir, el miedo es una emoción y se siente en el cuerpo, no es algo con conciencia propia que aparece para destrozar nuestra vida, es una energía que se activa para avisarnos de que hay un peligro. Ahora bien, esta emoción que debería aparecer solo en situaciones de riesgo, la activamos a través de pensar qué van a sucedernos situaciones a las que no podremos sobrevivir o que hay problemas que no podemos resolver.

Por lo tanto podemos distinguir entre la emoción en sí misma del miedo, que es inherente al organismo y a la condición de ser vivo, y aquellos pensamientos y actitudes que provocan que aparezca el miedo. El primero aparece ante un peligro inminente y el segundo ante una situación que solo está ocurriendo en nuestra mente, una proyección (miedo a que ocurra algo horrible, miedo a que se repita una situación, miedo a no ser capaz de hacer algo, miedo a que me rechacen y me digan que no, etc.).


Puedo sentir miedo ante una situación y puedo provocarme sentir miedo a través de lo que me cuento respecto a esa situación o a la vida.

Esto me hizo darme cuenta de que el problema no era el miedo, sino que mi actitud y mis pensamientos nacían del temor a que ocurriesen cosas horribles, a que me rechazasen o a no ser capaz de lograr lo que me proponía. Además, el hecho de despertar el miedo constantemente en mí, hacía que despertase una ansiedad insoportable.

Recuerdo, de adolescente, estar tranquilo y alegre y empezar a pensar en una chica que me gustaba, yo quería pedirle salir y que fuéramos pareja. Entonces empecé a pensar cómo sería acercarme a ella y decirle “me gustas”. Sentí como se me aceleraba el corazón al pensar en la vergüenza que iba a sentir y el miedo que me daba que me dijera que yo a ella no, el ridículo que iba a hacer cuando los demás supieran que se lo había pedido, “¿cómo esa chica iba a decirme que sí a mí?”. Todos me señalarían y ella se reiría de mí, era insoportable. Sentía un miedo atroz a que me rechazara y me dijera que yo no le gustaba ni podía gustarle a nadie.


Ahora me doy cuenta de que ese miedo no me impedía hacer nada en absoluto, lo que hacía era decirme “cuidado, hay peligro de sufrir daños de autoestima”, cuidaba de mí. Lo que me impedía atreverme a declararme eran mis pensamientos y mis creencias de que yo no podía gustar a nadie, de que soy tímido o de qué hay que sentirse ridículo al recibir un no por respuesta.


El miedo es la emoción que va asociada al no atreverse, no es su causa, sino su compañero. La causa es la historia que te cuentas sobre lo que ocurre, sobre ti y sobre lo que quieres hacer.


Si cambias tu narrativa y empiezas a explicarte lo que quieres con ilusión y te centras en cómo conseguirlo, es más probable que te atrevas a hacerlo. No se trata de comportarse de forma ilusa e ingenua, no significa que no aparezcan obstáculos, significa que pongas tu atención en cómo avanzar y resolver las situaciones y no en cómo esas situaciones van a limitarte.

Deja de preguntarte ¿por qué? y pregúntate ¿qué quiero? y ¿cómo lo hago?


Enfócate en la solución y no en el problema, practícalo a diario y cambiará tu percepción de la vida, te volverás experto en “solucionar y conseguir”, en vez de en “preocuparte y limitarte”.

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